Dolarizar y el fin del devaluacionismo

Por: Luis Espinosa Goded 6-noviembre-2016

lespinosa@usfq.edu.ec

La economía es fruto de la sociedad, y la sociedad se construye en el discurso, en el relato de lo que se habla. Lo que define el desarrollo económico, más allá de lo que efectivamente se produce y que luego medimos (muy imperfectamente) con el PIB, son los valores que se reflejan en la “conversación” económica que tenemos como sociedad. Estas son las tesis de Deirdre McCloskey, que adaptándolas a la teoría monetaria en particular, nos puede ayudar a entender una de las grandes ventajas de la dolarización: centra el discurso económico en los problemas reales de la economía y no en la política monetaria.

En estos momentos el profesor Daniel Fernández Méndez, director de UFM Market Trends y uno de los mejores -si no el mejor- teórico monetario en América Latina (disclaimer: y un muy querido amigo), está manteniendo una muy interesante argumentación pública contra un grupo de teóricos cercanos a la asociación de exportadores de Guatemala sobre la necesidad de establecer un “tipo de cambio competitivo” (entiéndase: “devaluar”) entre el quetzal guatemalteco y el dólar para mejorar la economía guatemalteca.

Más allá de los argumentos esgrimidos (donde creo que queda perfectamente demostrado por parte del profesor Fernández que la devaluación no fomenta el crecimiento), lo interesante es la mera existencia del debate. Una vez tienes un sistema con un Banco Central, sea éste supuestamente independiente o no, sea éste sometido a reglas de objetivos de inflación, de crecimiento, de empleo o no… la mera posibilidad de influir sobre la política del Banco Central genera una serie de incentivos perversos en la economía del país, dinámicas muy bien estudiadas por la escuela del public choice.

Uno de los problemas más graves de las economías de América Latina es la falta de institucionalidad y de instituciones fuertes. Y a pesar de que los Bancos Centrales han gozado de privilegios y estatutos muy estrictos legalmente para garantizar su independencia (desde “candados constitucionales” hasta nombramientos de sus directores por periodos distintos de los ciclos políticos, por ejemplo), la institucionalidad sigue sin ser lo suficientemente fuerte como para garantizar la completa independencia de los Bancos Centrales, o al menos, lo que es más importante para este argumento, que los actores político-económicos no perciban que pueden influir en la política del Banco Central ya sea a través de lobby a sus miembros, o a los políticos, o a través del debate público y la agenda pública.

La verdad es que con la política monetaria se produce una situación extraña, es una política que afecta a toda la economía de un país ya que la moneda es el elemento común en todas (o casi todas) las transacciones de una economía, pero que se tiene el poder de decisión último un solo agente (la Presidenta de la Reserva Federal, del Banco Central Europeo o de cualquier otro Banco Central). Aunque, contrario a lo que se cree, su poder no es completamente arbitrario (los valores que pueden determinar los Bancos Centrales han de estar más o menos ajustados a los de mercado a medio plazo), sí es cierto que tienen un amplísimo poder discrecional para determinar los tipos de interés, los tipos de cambio, las reservas bancarias… y con ello el valor del dinero que todos utilizamos. Evidentemente en estas decisiones hay ganadores y perdedores. Si se decide un tipo de interés u otro ganarán los ahorradores o los tomadores de crédito. Es un juego de suma cero, si se beneficia a los unos se perjudica a los otros. Igual ocurre con el tipo de cambio, si se favorece un “tipo de cambio competitivo” (vulgo: devaluación) se favorece a los exportadores pero a costa de perjudicar a los consumidores nacionales. Por ello todos los grupos de interés de la economía tienen incentivos para organizarse y presionar sobre las políticas del Banco Central. Y los dos grupos de interés con mayor capacidad de organización e influencia son el sector bancario y el sector exportador.

La gran ventaja de la dolarización es que la política monetaria ya no se gestiona desde ese país, sino que pasa a ser completamente independiente de la política de cada uno de los países. Por eso yo sostengo que la dolarización no es propiamente una política monetaria, sino la renuncia a la política monetaria. Lo mejor de renunciar a la política monetaria es que se asume que los debates dentro del país no podrán influir en las decisiones de la Reserva Federal, por tanto esa vía de “solución” de los problemas económicos queda completamente capada, y obliga a todos aquellos que quieran opinar sobre la situación económica del país (más allá de hacer inútiles y nostálgicos lamentos plañideros de un manejo de la moneda nacional, como hace el Presidente Correa reiteradamente) a proponer soluciones en los otros sectores de la economía, como es el fiscal, exterior, laboral, etc…

Por desgracia en Ecuador no llegamos a dolarizar completamente la economía en este sentido, pues aún se conserva un Banco Central que sigue tomando decisiones monetarias (coeficientes de caja, tipos de interés máximos -súper intendencia-, “direccionamiento” del crédito, reservas de los bancos privados…), y cuya mera existencia amenaza con “desdolarizar” la economía, como ya se ha visto con el engendro de su propia creación que ha sido el dinero electrónico ecuatoriano, o las discusiones sobre el posible “timbre cambiario”.

En cierto modo, y como sostiene el profesor Huerta de Soto, el Euro ha tenido este efecto sobre ciertos países europeos ejerciendo como un proxy al patrón-oro, ha obligado a trasladar el foco de la política económica de los países del sur de Europa no sobre la política monetaria sino sobre las políticas económicas reales de estos países. Sin embargo los gobiernos de la UE siguen ejerciendo mucha influencia y sigue habiendo muchos intereses políticos (o al menos se sigue percibiendo que los hay) en las decisiones del Banco Central Europeo.

Es por ello que sostengo que la dolarización permite una mejora económica de los países que la adoptan simplemente pues cambia el discurso en estos países. Al eliminar completamente la posibilidad de enmascarar los problemas reales de la economía con ilusorias soluciones monetarias que nada solucionan en el medio plazo y mucho empeoran, obliga a los economistas a buscar explicaciones más profundas que las basadas en los tipos de cambio para los problemas de competitividad estructurales en nuestros países, y disuade a los grupos de interés de presionar para cambiar el tipo de cambio, obligando a los exportadores a centrarse en la mejora de la competitividad de sus productos, y a los banqueros en sus coeficientes de reserva y competencia.

En definitiva, lo mejor que tiene la dolarización, probablemente, es que evita hablar de política monetaria en nuestros países (algo que los alumnos de política monetaria y los lectores que prefieran temas más amenos también nos agradecerán); y nos obliga a centrar el diálogo sobre la economía de nuestros países en los problemas estructurales de nuestras economías, y no en falsas soluciones monetarias. Al fin y al cabo, salvo unos pocos frikis obsesionados con el problema del dinero, casi todos pensamos que la teoría monetaria es aburrida (especialmente los alumnos de los cursos de teoría monetaria de las universidades, mucho ánimo para ellos). Hablemos de la economía real, que esa sí es entretenida y sobre todo que sí nos podrá ayudar a soluciona los problemas de crecimiento y mejorar la calidad de vida de nuestros conciudadanos.

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Ecuador: Dolarización, globalización y Nirvana

por: Gabriela Calderón de Burgos

3 octubre, 2015

Gabriela Calderón de Burgos  es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).

Este año hemos sido testigos de una predominante nostalgia por aquellos tiempos en que nuestros políticos podían conducir política monetaria, siendo en ese entonces el Banco Central del Ecuador (BCE) un instituto emisor de una moneda de curso forzoso. Nuestro presidente, en repetidas ocasiones ha lamentado estar en una “batalla” sin “municiones”.1 El presidente no está solo, lo ha acompañado un coro de expertos dentro y fuera del gobierno, algunos incluso críticos del gobierno, que consideran que la dolarización hace agua frente a condiciones externas negativas, pues, dicen, no se tiene las herramientas de política monetaria que supuestamente nos servirían tan bien en estas circunstancias.

Afirman muchos que podríamos estimular la economía mediante una supuesta competitividad adquirida devaluando (léase, disminuyendo el poder adquisitivo de los ecuatorianos). Esta competitividad vía devaluación presume que todos los bienes son elaborados enteramente o en gran medida con insumos no transables, que no cruzan las fronteras. Pero esto cada vez describe a menos productos y servicios en una economía mundial cada vez más globalizada y en la que cada vez más de los bienes y servicios contienen una porción creciente de insumos transables y, por lo tanto, sus precios están determinados en monedas de aceptación universal, como el dólar o el euro.

La globalización de los mercados de capitales, productos y servicios, limita la capacidad de conducir política monetaria de manera independiente, incluso en aquellos casos en que un país en vías de desarrollo tiene un banco central emisor.

Pero no es solo que tener moneda nacional se vuelve cada vez más fútil en un mundo globalizado, sino que implica potenciales costos para una sociedad. Cada que alguien lamenta que no tengamos moneda nacional está cayendo en la falacia del Nirvana, frase acuñada por Harold Demsetz, economista de la Escuela de Chicago. Demsetz explicó en un ensayo de 1969 que “La visión que ahora invade gran parte de la política pública presenta implícitamente las opciones relevantes como si fuesen entre una norma ideal y un arreglo institucional existente ‘imperfecto’.  Este enfoque nirvana difiere considerablemente del enfoque comparativo en el que la elección relevante es entre alternativas institucionales reales”.2

La falacia de Nirvana va así: Si el BCE fuese un instituto emisor de moneda de curso forzoso nuevamente, este se comportaría, ahora sí, de manera óptima. Pero esta actitud no solo que olvida la desastrosa historia del BCE,3 sino que adopta una actitud sumamente optimista y romántica acerca de cómo se comportaría un BCE que ni siquiera en papel tiene independencia del poder político.4

Como dice el economista  George Selgin: “Esto no es una cuestión de posibilidad, es una cuestión de probabilidad. El banco central podría comportarse de forma óptima, pero esa solo es una de entre innumerables posibilidades. ¿Cuál es la probabilidad de que las personas a cargo del banco central se comporten de forma óptima? Hay que distinguir la pizarra de la realidad”. Es decir, el banco central emisor que tanto extrañan no tendría por qué necesariamente llevarnos a un estado de Nirvana. Nuestra experiencia reciente, así como la de muchos otros bancos centrales emisores en América Latina, indican que más probable es que nos lleven a un estado inferior a aquel de estabilidad, sin riesgo cambiario y con inflaciónbaja que nos ha brindado la dolarización.

Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 25 de septiembre de 2015.

Referencias:

  1. Devaluación de monedas genera debate local“, “Correa vuelve a lamentar no tener tipo de cambio“, El Universo.

Demsetz, Harold. “Information and Efficiency: Another Viewpoint“. Explicado de forma breve aquí: Cabieses, Guillermo. “La falacia de Nirvana“. ElCato.org.

  1. Romero, Pedro. “Banco Central del Ecuador: La historia que aun no aprendemos“. Instituto Ecuatoriano de Economía Política. Febrero de 2002.
  2. Artículo 303 de la Constitución de Montecristi.

Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 25 de septiembre de 2015. Republicado en www.elcato.org el 25 de septiembre de 2015 y reproducido con autorización explícita de dicha fuente